Tomaba la madrugada como lindero de mi descanso, lleno de matices dolorosos mis recuerdos se abrumaban en pequeños lamentos de tristes sollozos, no era yo en mí de vez en cuando, dejaba la marea de mis sueños y me conectaba con el silencio, donde lo fenomenal lo hacía cotidiano e inútil, simple, incoloro e inoloro, no sabía, no sentíase, no era, pero carcomía el espacio de las profundas entrañas con ecos desesperantes que rebotaban de lado a lado sin dejar un rastro por donde se pudiese encontrar su origen.
De pronto ya estaba en el caudal de frías sensaciones, de mis pies descalsos de mi respiración fuerte y a punto de ahogarse por instantes, aunque era obvio lo real, se me desparramaban las cortinas ojosas y no dejébanme concentrar. Si me desnudé y me cubrí, no lo sé, no supe ni qué ni cómo me puse las pieles inertes sobre mi piel.
Dónde encontrar la paz, si detrás de cada telón aferrados a las cortinas pistas de sangre, sudor, llanto, mugre, mocos, hedor y perfumes de toda la tierra de todos los vientos y tiempos se hallan distrayendo el propósito de ser. Cada día como una nueva escena, cada obra como una vida entera, incansable de estorbar en otras y de crear nuevas. Solamente es, y aquella fue, y esa será. Un sol por conocer, una luna que se asoma y no se asoma. Grandes mares enjugan mis pómulos, inmensas toneladas de aliento retienen mis explosivas sensaciones a vida y a muerte. Entre la duda y la muerte si fuese por aquello.
¿Qué mejor que vivir al filo de lo incierto, al borde del averno, tentando al viejo viejo, amando al niño niño?
¿Qué mejor que saber a sangre, saber la sangre?
¿Qué mejor que sufrir y llorar para calmar las ansias de novedad?
¿Qué mejor que andar por espinosos caminos para reaccionar ante el aburrido y cotidiano andar de la vida terrenal?
¿Qué sería de la plenitud sin la imperfección?
Hallé en mis huellas a la Universidad muchas puertas multicolores, no sé cómo llegaba a ellas pero siempre me las encontraba, físicamente eran de casi una hora, pero en estos viajes me dejaban pequeñas muestras de nubes encantadoras que estallaban fugaces como kamikazes en flor de victoria, embriagando mi razón sin pedir permiso.
Hoy, ese hoy, me encontré conmigo en una hermosa casa, su mujer era muy hermosa y lo amaba demasiado, muchísimo, más de lo que él merecía. Ella era por él, así fue su promesa, así fue cumplida. Hoy él y ella son. Tres o cuatro pámpanos crecidos y muy contentos los acompañaban en los largos surcos del destino, muchos pastos verdecían por praderas infinitas, son recuerdos de mis pasos que sus huellas no marchitan, muchas banderas de viento áureo enarboladas eran por los tiempos, eran muchos los olivos, y mucho tenían ella y él, hoy, ese hoy. Su casa era el más bello recinto del mundo, sus tejados cielos eran, sus paredes una montaña rocosa, un nevado rosado, su puerta la puesta del sol, sus rejas playas de arena blanca, por toda la casa los enchapes eran opacos y brillantes, claros al sol, terribles de noche.
No era un simple momento, era el momento, era el cumplimiento, era lo acaecido, el que espera no desespera y sí encuentra sus bienes. Hoy él encontrólos.
De un golpe tan fuerte que me dobló las ventanas caí sobre mis pies, y seguí despierto o dormido, pero bajé del vuelo por hoy.